Testimonis


Arcadio Espada, “Una conversación” (2003)

El país, 22/12/2003

Los últimos meses de Maria Rosa Caminals. Tal vez Pere Gimferrer escriba algún día un libro con este título. Estuvieron juntos 33 años, entre 1971 y este 29 de noviembre, cuando María Rosa, pianista y también escritora, murió. Una vida bajo los tilos de la Rambla de Catalunya. Su padre tenía una escuela de música en la esquina con Rosselló. Ellos dos se casaron, a pocos metros de la escuela, en la iglesia de Sant Ramon de Penyafort y cuando acabó la ceremonia entraron en el portal de al lado, que era el de su casa y lo sería siempre.

De quien fue Maria Rosa Caminals da su marido algunas noticias. En la dedicatoria de Mascarada, el libro que ella prefería entre todos: A Maria Rosa, Semper eadem, Moesta et errabunda [A Maria Rosa. Siempre tú misma. Triste y errabunda] El poema, febril, fue escrito en 23 días del otoño de 1995 como respuesta a la grave enfermedad que entonces estuvo a punto de matarla. Hay más noticias, y más amplias, en el capítulo segundo de L’agent provocador, que da título al libro, y donde se alude a Maria Rosa dando conciertos en el Palau de la Música y en las casas ricas de Barcelona, y donde sobre todo puede vérsela en el París de los sesenta, asidua de la filmoteca de la Rue d’Ulm, obrera en un taller de música concreta, agente provocadora de hombres diversos y quizá de Boris Vian, el único del que nunca quiso decir nada a su marido, y durante 66 días exactos naviera en la travesía de Marsella a Yokohama, cuando el capitán del barco le hacía una señal al centinela y ella entraba en el camarote nupcial, 66. Y provocadora en el piso, sobre los tilos, que los dos ocuparon durante tres décadas, “provocadora procaz en el teatro cerrado de nuestro piso, oscuro en pleno día, cerradas las persianas del balcón, encendida la luz (…) llevas babuchas doradas y un pijama de seda floreada, ancho como el de una favorita otomana salida del serrallo cálido y lujoso del Bajazet de Racine”. El piso de la Rambla. Entraban muy poco extraños. Castellet, por ejemplo. Había cultos animalitos de peluche que leían con atención y a los que cíclicamente se les cambiaba el libro. Un decorado construido a lo largo de 30 años. Un burdel. Una iglesia. Un cine. Cuando no salían en las películas, las veían. Raras. Obtenidas en viajes ya lejanos (el último viaje fue a Estocolmo, acompañando a Paz a recoger su Nobel) o, ahora, por amigos que iban a por ellas. Lo último que vieron juntos fue Elle, de Buñuel, que adoraban incluso por encima de El ángel exterminador. (Últimos, más, las diez de últimas, el top de la agonía, el sarcástico género del epílogo: lo último que ella leyó: Jean Cocteau: les années Francine Weisweiller (1950-1963). Hace tres domingos Sagarra citaba este libro y a Maria Rosa muerta, sin saber lo que había entre ellos, con genial instinto). El piso. El salón oscuro. Un espacio cerrado de embriaguez, escribió el marido.

¿Y ese decorado, ahora? ¿Pintar, abrir las ventanas, cambiar los muebles, “poner visillos blancos y tomar criada”, que así se imaginaba Jaime Gil la regeneración? ¿O seguir viviendo allí, a riesgo de encontrarla sin respuesta, cada hora, cada noche, todo el piso convertido en el ciego espejo que la refleja? Gimferrer no sabe. Pero al hijo único, al niño solitario, al experto en los rincones no parece que le angustie la posibilidad de instalarse en Pompeya y pasar cada día el rouge à levres por las estatuas.

Los últimos meses. En el hospital. Cuando el poeta escriba ese libro descartará cualquier forma de piedad. Toda la ciudad conoce su alto sentido de lo obsceno. El libro culminará, con la incomparable eficacia que la muerte desmuestra en este tipo de trabajo, el rastro de Mascarada y L’agent provocador. También podría ser que acabara convirtiéndose en un capítulo de las memorias que el poeta ya tiene escritas. En cualquier caso dará cuenta de esas 13 horas diarias, a lo largo de seis meses, en que marido y mujer hablaron. Una conversación. Tan excitada y poderosa como aquellas de los primeros meses, en bares y calles (“… de l’any setanta. Morts com som/ recordem el teu xampany rosa”), con que empezaron a tantearse poco después de que se cruzaran en un portal de la calle de Girona, ella hacia fuera y él hacia dentro, la leve y decisiva fricción del aire entre dos vidas.

Una conversación. Cristaliza en los últimos versos del recordatorio impreso de Maria Rosa Caminals, excelentísima señora, diploma de piano del Conservatorio Nacional de Música de París, fotografiada en el recordatorio por César Malet, un año despues de casarse. Los últimos versos. Secos, libres de la sobrecarga de minerales, fuego y terciopelo que empasta el resto del poema, “aquest capvespre de tardor, caputxa/ on tant d’amor estavellat reneix” (“este atardecer de otoño, capucha/ donde tanto amor estrellado renace”). La experiencia de recuperar al borde de la muerte el beso y la palabra. La saliva, heroína invicta de la juventud.

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Francisco Umbral, “Gimferrer” (1983)

El país, 21/11/1983

Pére Gimferrer me envía y dedica Fortuny, “una nova y brillantissima dimensió estética de la noveI-la en llengua catalana”. El libro ha sido Premi de Novel-la Ramon Llul-83. Si el premio nacional de novela, otorgado por el Ministerio ese, no quisiera quedarse en las poquedades escarpadas del castellano, tendría que ser, este año, para el catalán Gimferrer. Y no por halago fácil al loapismo, sino porque Gimferrer, que cambió de signo, como un Rubén Darío, la poesía peninsular en el 66 -tras él no ha venido nadie-, ahora cambia de signo la novela y, tras tanta novela de la vida -socialrrealismo, costumbrismo- que nos aburren, concibe y concede, al fin, la novela de la cultura, digamos, o sea Fortuny, una novela donde los personajes se llaman Fortuny, Madrazo, Henry James, Sargent Aspern, Browning, Parsifal, Liszt, Cósilina Wagner, D’Annunzio, Eleonora Duse, princesa de Hohenlohe, Goya, Orson Welles, etcétera. Es lo que uno venía buscando desde hace mucho tiempo, y he aquí que Gimferrer ha encontrado la fórmula. ¿Y cómo se hace vivir a todos estos personajes, cómo se logra la novela de la cultura? (No confundir con la novela/ensayo de Huxley, Mann y otros palizas). Mediante el lenguaje, naturalmente. El lenguaje de Gimferrer, lenguaje de poeta, es tan noble y rico que se trasvasa del catalán al castellano, y a la inversa, sin pérdida ni entropía. La literatura sólo vive por el lenguaje -sintaxis, metáfora-, y quien carece de esta capacidad o dimensión estética nunca hará sino catastralismo o algo así. Sólo el poder de la palabra pone en pie el pasado, esto es obvio, y no el dato, y de ahí que Gimferrer haya subordinado, el dato a la palabra (palabra de poeta) en esta novela de la cultura (Planeta). Nos recuerda un poco la cultura novelada de d’Ors -algo muy mediterráneo, pues-, sólo que d’Ors, esteta y sólo esteta, se sentía/creía en la obligación de obtener consecuencias éticas de tanta riqueza como acumulaba, mientras que Gimferrer, nacido en el 45, de melena lacia y gafas desmesuradas, sabe que a la belleza hay que dejarla en belleza, sin llamarla siquiera estética, para que no pierda. Cuando publicó Arde el mar (libro con el cual ha cambiado el lirismo peninsular para siempre, como un Rubén de esa contra/América que es Catalunya), yo estaba en la cama, enfermo durante un año, y había abandonado la crítica de poesía (lo que más me gusta del mundo). Años más tarde, en la redacción de Destino, en Barcelona, Gimferrer me dijo:

-Pero tú no le hiciste crítica a Arde el mar.

(Por entonces, ay, felices sesenta, la crítica poética de uno parece que contaba algo en España). Esta memoria minuciosa demuestra que los poetas son, como Cocteau dijera de Proust, “una inmensa miniatura”. Libro dedicado, libro consagrado, poema en prosa, el Fortuny, que nos refuerza en nuestra idea de la novela lírica, ahora mismo, contra toda escritura geodésica o de carácter informativo (la novela lírico/histórica, más bien, desinforma de los temas que trata, y esto se encuentra en D’Annunzio y Valle). Si la poesía peninsular cambió de signo, mediados los sesenta, gracias a un catalán, Gimferrer, agotado el socialrrealismo, la novela vuelve a cambiar y encuentra su fórmula gracias al mismo catalán (este hombre se va haciendo monumental) con su Fortuny. Libro que responde a las “huidas de la Historia”, como las e ama o, que son comunes a todas las mocedades del fin de siglo. Descubren la cultura (pasatismo) como el paraíso perdido en que estar a gusto. El pasado es un presente a salvo. Catalunya, hoy, manifiesta su entidad -como pasa siempre-, antes que por- los políticos, por los poetas. Antes que por Pujol, por Gimferrer.

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Francisco Umbral, “Gimferrer” (2007)

El mundo, 12/05/2007

Llama Gimferrer desde Barcelona en plan fiesta privada. Claro que la llamada de Gimferrer siempre es fiesta en Madrid, por la entidad del personaje y la escasez de sus llamadas. Para mí es como si dijeran que me ha llamado Rubén Darío. Dentro de la vida literaria, que tenemos en Madrid un poco olvidada, Pere Gimferrer es el ángel pertinente de la comunicación. Para algunos poetas madrileños es como si les llamase aquella novia que nos dejó justamente en Barcelona. Mientras ella vivía yo esperaba carta suya todas las mañanas y después seguí esperándola. Algo parecido me pasa a mí con el Pera, sólo que en más luto. De todos los géneros literarios, el que más se ha perdido es la correspondencia, aunque hay un premio con ese título que a uno le dio una vez el señor García de la Concha y que se llama Premio Juan Valera. No sé si siguen dándolo, pero todavía estoy muy agradecido al señor García de la Concha, director de la Real Academia y artífice del galardón que digo. Cuando ya se han escrito y difundido todas las novelas sobre Da Vinci volveremos a escribir cartas y a Gimferrer le darán por fin el Premio Nobel. En cualquier caso Gimferrer es el modelo de escritor de oficina, pues dedica su mejor tiempo a escribir cartas para quedar bien con los amigos y poner los puntos sobre las íes a los enemigos, y en este caso a los enemigos, entre los que me cuenta diciendo que le llamo «cobarde» y denuncio a Corín Tellado, que es toda ella una literatura. Los catalanes perdieron el Liceo pero han recuperado el catalán para desentenderse de Castilla. En todo caso, una llamada de Gimferrer tiene más literatura que todo un año de premios catalanes. Le ruego al excelso Pera que me escriba con cautela porque yo todas las cartas las convierto en literatura, incluso las de Corín Tellado. Un poeta madrileño suele tener a la vista la Academia y una flor natural, pero el escritor castellano sólo tiene un ministerio adonde va por las mañanas a fabricar sonetos. Con este enjuto bagaje de pronto le dan el Nobel. Lo que me asombra es que a Corín Tellado no le hayan otorgado todavía ninguna clase de premio. Sólo unos millones de euros cuando sus personajes son tan castizos que sólo se aman en pesetas. PG suena siempre extranjero, lo cual es un sonido muy propicio para que te den premios nacionales. Me imagino todas las mañanas al niño Pere encaminándose al colegio para aprender a fondo el catalán que en el día de mañana será nacionalizado para darle a él un premio en español. A los grandes poetas Dios no les deja de la mano. Yo, a los grandes amigos, tampoco.

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Manuel Vázquez Montalbán, “Sobre los novísimos y sus postrimerías” (1985)

El país, 3/12/1985

Me llegan ecos de un debate veraniego santanderino sobre los novísimos, tanto en su sentido estricto, los nueve poetas reunidos por Castellet en Los nueve novísimos, o en su sentido general: la poesía española más joven. Me ocurre lo mismo que al cerdo de Alexis el Griego. Le han cortado los atributos viriles, se los están comiendo Alexis y sus compinches y siente la tentación irresistible de irrumpir en el comedor. He tenido siempre la sensación de que los nueve poetas reunidos por Castellet hemos pagado un duro precio por aquella selección, mejor dicho, todos menos uno, Pedro Gimferrer, tácitamente considerado y considerable como inmortal desde la adolescencia. Ahí es nada, Castellet, de un colectivo de 10.000 poetas jóvenes, o los que fueran, seleccionaba nueve, con lo que sembraba 9.991 agravios, multiplicados por los agravios compartidos de los amigos, amigas, novios, novias, amantes, maridos, esposas, madres, padres, tíos, tías, abuelos, abuelas de los 9.991 no escogidos. La selección de Castellet fue, además, interpretada como la propuesta de un grupo coherente y de una tendencia; muy pocos se tomaron la molestia de deslindar las radicalmente diferentes poéticas que coexistían en aquel libro, y hasta un notable tratadista me clasificó como poeta veneciano, junto a Giniferrer, por el simple hecho de que yo en un poema, en un solo poema, hablaba de algo más o menos veneciano. Decía que un verdugo, y me estaba refiriendo a Franco, se miraba en las venecianas aguas de un espejo roto. Consto, pues, como poeta veneciano en una antología poética para estudiantes universitarios. Peores cosas me han dicho. Pero lo que me resulta difícil de aceptar es la tesis, por alguno o alguna sostenida en Santander, de que la propuesta de Castellet fue “una operación comercial”. Mal está el saber literario en este país, mucho peor que la literatura, y prueba de ello es que alguien pueda considerar comercial la operación de lanzar un grupo de poetas o una propuesta poética. Cualquier editor de poesía sabe que eso no es comercio, que eso no es negocio, y sólo la obsesión persecutoria de la literatura que se vende puede permitir el desliz analfabeto que nos ocupa. Los novísimos, la antología de Castellet, fue la fotografía de una parte de la entonces joven poesía española: captaba un fragmento y un momento y tenía el valor de muestra de una evolución estética, perfectamente situable dentro de la lógica interna de nuestra literatura contemporánea. Como toda literatura, la nuestra es siempre hija de su propia tradición y de la información posible recibida de otras culturas literarias, pero nosotros, además, entre 1939 y 1978, hemos de considerar el importante valor añadido de la represión franquista. Es ese valor añadido el que peculiariza la poesía social o el realismo novelesco de los cincuenta, como peculiariza la poesía de la experiencia o de la vivencia, e incluso peculiariza la reacción estética de los novísimos.

Porque algo nos unía. Haber asimilado la relativización del sujeto poético, ya practicada por los Valente, Biedina, Barral, Ferrater, González, Crespo, Goytisolo y compañía; haber comprendido la relativización de la función social-histórica de la literatura; valorar la exigencia de lo literario y rechazar la justificación de las buenas intenciones ideológicas; partir de un nivel de información cultural superior en relación a las promociones de la posguerra, en parte gracias al esfuerzo hecho por las promociones de la posguerra. Pocas cosas más compartíamos radicalmente, y si alguien se toma la molestia de releernos comprobará que cada poeta es un caso, comprobación que se obtendría también si se leyera a los 9.991 poetas que Castellet no seleccionó. Otra cosa es que, como efecto último del bandazo antisocial, la literatura española viviera durante buena parte de los años setenta bajo la dictadura de una literatura ensimismada y se privilegiara la tendencia poética más ensimismada, me resisto a llamarla esteticista, derivable de los novísimos. Basta comprobar al día por dónde va la apuesta de nuestra crítica de urgencia y de nuestra crítica académica para deducir que están construyendo un neoacademicismo literario, consagrador de esa literatura ensimismada que, en mi opinión, se puede convertir en arqueología inmediata, novísima o posnovísima. Como es natural, la poesía española no terminó en los nueve novísimos seleccionados ni en los 10.000 novísimos potenciales. Novísimos los hay siempre, en la medida en que envejece la promoción anterior, e incluso esta hermosura de novísimos de hoy y de mañana dejarán de serlo dentro de 10 años, por mucho que busquen la piedra filosofal de la eterna posmodemidad. Por eso reclamo que, en nuestra condición de seniors, se nos lea tal como somos, ya no como novísimos, o se nos cite con propiedad documentada. Por ejemplo, no hace mucho en las páginas de este diario un, por otra parte, excelente escritor, publicaba el réquiem 1.000 o 2.000 de Los novísimos y se esforzaba en demostrar que casi todos los poetas seleccionados por Castellet ya no éramos poetas, éramos novelistas, o críticos, o profesores, o jurados de premios literarios. Le falla la memoria o el archivo al ilustre articulista; en casi todos los nueve casos, y en lo que a mí respecta, cuando Castellet me metió en su selección nacional sólo había publicado dos libros de poemas y en la actualidad he publicado cinco, el último, y excelente, en 1982, con el título de Praga. Cinco libros son muchos libros, demasiados diría yo, y creo merecer la etiqueta de poeta que no ha dejado en mal lugar la opción de Castellet: es decir, ser uno de los 10.000 mejores poetas españoles a fines de la década de los sesenta. Respeto, pues, a la edad y a la obra que ya nos aqueja, y paciencia temperada en las promociones actualmente novísimas que pronto dejarán de serlo, porque, y lo sé por propia experiencia, a todo puerco le llega su San Martín.

Aunque tal vez conseguiríamos la paz y la objetividad crítica por el simple hecho de que se callaran de una vez los parientes y allegados de los 9.991 agraviados. En cuanto a éstos, consiguieron rehacer sus vidas y algunos de ellos son espléndidos poetas en ejercicio.

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Manuel Vázquez Montalbán,  “Gimferrer y yo” (1998)

El país, 26/11/1998

Pedro Gimferrer formó parte de aquella antología histórica de Castellet, Los nueve novísimos; yo también. Pedro Gimferrer ha ganado el Premio Nacional de las Letras Españolas; yo también, en 1995. Pedro Gimferrer luce una torturada melena de paje; yo no. A Pedro Gimferrer le gusta comer cosas hervidas; a mí no. Creía terminado el censo de encuentros y desencuentros con Gimferrer, pero recuerdo ahora que el editor Batlló financió la edición en 1967 de mi primer libro de poemas, Una educación sentimental, gracias a la parte que percibió del premio nacional de poesía ganado por el casi adolescente Gimferrer mediante Arde el mar. Más cosas. En cierta ocasión, cuando éramos muy jóvenes, Gimferrer se me presentó, con cierto aspecto de pedófilo ilustrado, con una niña bajo el brazo; se llamaba Ana María Moix e iba vestida de cortina. Me pidió un prólogo para el primer libro de poemas de Ana María y tuve la desfachatez de escribírselo. Ahora las vivencias compartidas se me amontonan. Cuando se rumoreaba que Gimferrer iba para académico le prometí una columna elogiosa en El país; me lo agradeció, pero a continuación me pidió que no la publicara porque los académicos eran muy de derechas y podía ser el mío un elogio contraproducente. Aplacé la columna hasta que lo nombraran académico y entonces más o menos dije que era mi académico preferido, sin que pueda recordar, por más que me esfuerce, si lo decía sinceramente o como una demostración de cortesía entre paisanos y ex novísimos. Dentro del grupo de los novísimos representábamos las tendencias más opuestas y ganó la suya, dominante canon estético de la poesía española durante más de 20 años; pero en su ausencia, porque Gimferrer se pasó a la poesía catalana para continuar la tradición culterana posnoucentista y convertirse en el eslabón perdido entre Carles Riba y el Premio Nobel. Recuerdo que antes de hacerse el trasplante idiomático, Pedro escribió algunos poemas en francés que me enseñó, porque lo que consideraba agotada era su relación con el castellano como masa verbal poetizable. Fue en torno a esta conversación cuando adivinamos que teníamos una percepción casi enfrentada sobre la dedicación literaria, para Gimferrer un culto lleno de medidas, para mí una pulsión cargada de mandatos espurios.

Es leyenda que Gimferrer se carteaba con Octavio Paz desde poco después de tomar la Primera Comunión, como es leyenda que el joven Francisco Rico así que tuvo uso de razón se carteaba con Menéndez Pidal o adyacentes. Les conozco a los dos desde que nacieron. Los he tenido sobre mis rodillas, metafóricamente, conozco, pues, el peso metafórico total de su talento y por eso me alegran sus éxitos y los que vendrán, porque Gimferrer ha accedido a la condición de emblema de una cultura poética nacional. Es algo más que un poeta. Es el guardián del patrimonio de las palabras, así en la Academia como en el lugar secreto donde la palabra urde un nuevo orden del mundo, la poesía como Teología del Verbo. Dionisio Areopagita dixit: “Sólo el Verbo superesencial asume para nosotros nuestra propia sustancia de modo entero y verdadero”.

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